Este no es Rubalcaba, nos le han cambiado

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Son muy pocos los políticos que se mantienen tantos años en la primera línea de actuación como Alfredo Pérez Rubalcaba. Comenzó su carrera con Felipe González y, desde entonces y hasta su nominación como candidato para suceder a José Luis Rodríguez Zapatero,  ha estado siempre detrás  de las decisiones importantes que ha tomado su partido, tanto desde el Gobierno como desde la oposición. Pero eso sí, nunca en primera persona, siempre desde la sombra, desde detrás de la barrera. Nunca quiso dar la cara. Durante todo ese periodo, vivió voluntariamente recluido en las cloacas del Estado, desde donde conspiraba con plena libertad, organizaba cacerías mediáticas contra la oposición  y escuchaba, sobre todo escuchaba, lo que le ayudaba a elaborar amplios y comprometedores dosieres para poder chantajear y controlar debidamente a los de casa y a los de fuera de casa.

De este modo, desde que se supo que tenía acceso abierto a los datos suministrados oportunamente por el famoso y temido Sistema Integrado de Interceptación Telefónica (SITEL), Rubalcaba  pasó a ser un personaje temido hasta por sus propios compañeros. Ese temor venía también avalado porque, a lo largo de su carrera política, ha dado  muestras más que sobradas de falta de escrúpulos para salir de cualquier situación comprometida, incluso sin guardar ni la más mínima apariencia de legalidad.  Es muy posible que los socialistas se vieran afectados por algo muy similar al síndrome de Estocolmo, pues muy pronto ese recelo y ese miedo a Rubalcaba  terminó transformándose inesperadamente en sincera veneración.

Creció tan desmesuradamente su fama de hombre de talento que, en muy breve tiempo, se disparó su popularidad y su reputación, hasta límites insospechados. La admiración llegó a tal extremo que José Antonio Griñán, y después  todos los socialistas, copiando el apelativo dado por el pueblo chino a su líder Mao Tse-Tung, comenzaron a ver en Rubalcaba al “gran timonel” que necesitaban para salvarse de una más que previsible quema política. Si Rubalcaba estaba tan lleno de recursos como parecía y disponía de una capacidad tan extraordinaria de trabajo, nadie como  él para levantar nuevamente el vuelo y aspirar con cierta garantía a ocupar la presidencia del Gobierno.

Todas las encuestas vaticinan un fracaso sonoro, pero esperan que, dada la valía del candidato, el “efecto Rubalcaba” obre el milagro y puedan salir victoriosos en las próximas elecciones. Como creen en las posibilidades de Rubalcaba, abrieron la precampaña plenamente eufóricos y esperanzados. De ahí que, para su presentación en Sevilla como candidato, siendo aún vicepresidente primero del Gobierno y ministro de Interior, el andaluz José Antonio Griñán preparara un discurso laudatorio y sumamente optimista, en el que, interpretando el sentir de todos los socialistas, exclamó exultante: “Nos sentimos muy bien liderados por Alfredo”.

Pero no es lo mismo trabajar a plena luz del día y  a la vista de todos, que hacerlo protegido por la obscuridad, en lo más hondo de las  sentinas del Estado, sin más testigos que unos pocos  colaboradores muy íntimos. Pero el guión de la película exigía que Alfredo Pérez Rubalcaba saliera a la superficie y preparara su asalto a la presidencia del Gobierno con luz y taquígrafos y convenientemente controlado por los medios de comunicación. Y claro, la luz de los focos nos ha demostrado que Rubalcaba no es el Rubalcaba que presumíamos, que es un Rubalcaba bastante más gris y prosaico y más limitado de lo que nos hicieron creer.

Pensaba Rubalcaba que todo era Jauja y hasta llegó a convencerse a sí mismo de que él era todo un fuera de serie. Así que, con dedicarse a fondo en  la campaña, piensa que será suficiente para invertir la tendencia de las encuestas y hacer que éstas, al final, le sean claramente favorables. Muy seguro de sus posibilidades, señala que se siente orgulloso de su pasado y, sobre todo, de haber formado parte  del Gobierno de Felipe González y también, como no, de los de José Luis Rodríguez Zapatero. Se presenta como regenerador de la política y, por eso,  hace su primer llamamiento a la regeneración y a la honestidad. Convencido de que va a ganar, promete una campaña limpia, libre,  sin crispación alguna y, como es natural, sin insultos y sin el habitual juego sucio.

Quiere comenzar su actuación, ganándose primero la confianza de las bases del partido. Para ello, organiza detalladamente toda una serie de visitas a las agrupaciones y federaciones socialistas más importantes de España. Para coger fuerza y ser más convincente, quiere  empaparse de “la fuerza del sur”. De ahí que inicie intencionadamente su andadura electoral por Andalucía. Es en la capital andaluza, en Sevilla, donde tiene un primer encuentro con más de mil enfervorizados militantes socialistas. Fue una reunión a puerta cerrada porque Rubalcaba, más que hablar, quería escuchar a los militantes para enterarse de sus preocupaciones e inquietudes. Y para que los afiliados se expresaran  con “más facilidad y libertad”, nada mejor que celebrar el acto a puerta cerrada. De la reflexión provocada por estas manifestaciones libres de los militantes, esperaba que naciera un proyecto político sumamente útil para recuperar la confianza de los españoles en las próximas elecciones generales. Este formato de reuniones se fue repitiendo a lo largo y ancho de la geografía española.

Entre tanto, llegó la Conferencia Política que el PSOE celebró entre los días 30 de septiembre y 2 de octubre, donde Rubalcaba fue nombrado oficialmente candidato a la presidencia del Gobierno. En dicha Conferencia fueron perfilándose varias resoluciones programáticas de carácter ideológico que los barones del partido consideraron idóneas para confrontar ideas y propuestas con el Partido Popular. Si todos los dirigentes que asistían al cónclave estaban plenamente convencidos de la solidez política de Rubalcaba y de su liderazgo, se entusiasmaron con él cuando al final del discurso de clausura dijo solemnemente: “Yo no me voy a dejar ganar, ni vosotros os vais a dejar ganar. Lo podemos conseguir”. Fue una despedida apoteósica y llena de los mejores augurios.

Comenzaron los mítines de precampaña aquí y allí con Alfredo Pérez Rubalcaba como protagonista y, aunque ponía todo su entusiasmo, no lograba cautivar emocionalmente al público asistente. Le falta  esa habilidad innata o empatía que tienen otros para comunicarse con la audiencia, infiriendo hábilmente en sus pensamientos y sentimientos. Se da cuenta ahora de que actuar a cara descubierta y bajo la luz de los focos tiene más riesgos de lo que pensaba. Te adivinan lo que hay detrás de los simples gestos y del tono de tus palabras. Por si fuera esto poco, hay algo más que entorpece peligrosamente su camino hacia La Moncloa: el apellido de Rubalcaba. Y es que el apellido de Rubalcaba es indisociable de los GAL y hasta de la cal viva y de la corrupción organizada. Pesa también sobre él el famoso chivatazo policial que impidió desmantelar la trama de extorsión de ETA que operaba desde el bar Faisán. Tampoco se olvida fácilmente que Rubalcaba ha estado siempre detrás de la negociación policial con la banda terrorista.

Los responsables de su nominación como candidato, al ver que el esperado “efecto Rubalcaba”  resultó ser un espejismo y que no había señal alguna de recuperación en las encuestas, comenzaron  a desmoralizarse. Hasta Alfredo Pérez Rubalcaba ha perdido ya el entusiasmo de los primeros días. Tanto el PSOE como el propio Rubalcaba ya no hablan de ganar las elecciones. Se conforman simplemente con un resultado  digno. Como hasta esto peligra,  desempolvan otra vez la lucha de clases y la trasnochada retórica de ricos y pobres. Cambian hasta el escenario donde actúan,  sustituyendo el color rojo de fondo por el azul y borrando del mapa hasta el tradicional logotipo del PSOE. Y como Zapatero ha pasado a ser un apestado incómodo, piden su ayuda a un viejo fantasma del pasado, a Felipe González. Y aún así se atreven a hablar de renovación socialista y de la puesta en marcha de un nuevo liderazgo.

Con el nerviosismo lógico por los malos augurios, se desata la caza de brujas y Rubalcaba y compañeros mártires se dedican ahora a agitar el miedo al regreso de la derecha porque tan pronto llegue, según dicen, desguazará sin más el Estado del bienestar. Piden desvergonzadamente a los suyos que traten de “quitar la careta” al Partido Popular para evitar que hagan esa privatización encubierta de la sanidad con la torpe excusa de la crisis. La sanidad, según afirma Rubalcaba, “es una de las pocas cosas sagradas e intocables para los españoles. Vamos a hacer bandera de la sanidad pública. No voy a firmar nada que debilite nuestro sistema público de salud. Y nada es nada”. Y afirma con todo descaro que la derecha pretende “sacar a los jóvenes que enferman poco a la sanidad privada y dejar a los mayores que enferman más en la pública” para así “acabar con la sanidad pública”.

En su ayuda, faltaría más,  el candidato Rubalcaba busca la complicidad de los indignados a los que dijo que los socialistas “estamos con los que quieren que gobiernen el mundo las instituciones democráticas y no las instancias económicas”. Promete solemnemente “acorralar el gran fraude fiscal y acabar con él en la próxima legislatura”, poniendo coto a la evasión y a los paraísos fiscales. Olvidándose del gran recorte social que hizo este Gobierno, siendo él vicepresidente primero del mismo, insiste en que no habrá subida de impuestos “para las clases medias ni para los trabajadores”. Y sigue con sus afirmaciones gratuitas: “Estaremos al lado de los parados con la protección por desempleo, garantizaremos la escuela para sus hijos, tendrán hospital si se ponen enfermos y siempre, siempre, tendrán una pensión”. La experiencia nos dice todo lo contrario. Sí es cierto, sin embargo, que si mantenemos a los socialistas al frente del Gobierno, corremos el serio riesgo de que termine por no haber dinero ni para pagar las pensiones.

Gijón, 27 de octubre de 2011

José Luis Valladares Fernández

Criterio Liberal. Diario de opinión Libre.
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