Las salidas de Zapatero

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Es muy posible que José Luis Rodríguez Zapatero, hasta que fue aupado a la Secretaría General del PSOE, fuera un tipo  de lo más normal, un poco apocado si se quiere, pero extremadamente  dócil y disciplinado. De lo contrario, no hubiera aguantado tantos años en el Congreso de los Diputados de simple culiparlante, obedeciendo ciegamente a la hora de pulsar un botón  u otro.  El hecho de que le utilizaran para evitar que José Bono llegara a la Secretaria General del partido, despertó en él una desconocida insolencia y un afán desmedido de notoriedad.

Al ser  encumbrado inesperadamente a un puesto de tanta responsabilidad, sin haber hecho mérito alguno por su parte y sin capacidad para el desarrollo adecuado del mismo, desató en él esos exagerados aires de superioridad que, con demasiada frecuencia, le han hecho hacer el ridículo en casa y  fuera de casa. Y todo esto se exasperó aún más cuando, como consecuencia del tremendo atentado en los trenes madrileños de cercanías, fue elevado a los altares de La Moncloa. Desde entonces comenzó a vivir en un mundo tremendamente irreal y a dar a todas sus intervenciones o declaraciones públicas una solemnidad postiza e improcedente, sobre todo cuando había alguna cámara o algún micrófono abierto de por medio.

El ascenso político de Zapatero batió todos los records, ya que en muy poco tiempo pasó de simple culiparlante a ser el presidente del Gobierno. Este ascenso tan meteórico hizo de él un hombre sumamente arrogante y orgulloso, incapaz de tolerar que alguien pudiera darle pautas de comportamiento o le hiciera cualquier tipo de recomendación. Enfangado en tan desmedido endiosamiento, soltaba de vez en cuando frases supuestamente ingeniosas, que no servían nada más que para dar la nota, como cuando dijo que Ángela Merkel era una “fracasada”. Son memorables también sus vaticinios económicos que automáticamente los hechos se encargaban de desmentir de inmediato. Basta que Zapatero afirmara algo para que saliera todo lo contrario. Ni que le persiguiera la famosa ley de Murphy.

En el otoño de 2007, por ejemplo, afirmó rotunda y solemnemente que estábamos “en la Champions League de la economía”, sin darse cuenta que la crisis económica estaba ya golpeándonos muy duramente. Y resulta extremadamente cómico y grotesco que José Luis Rodríguez Zapatero dijera en Nueva York, ante un grupo selecto de ejecutivos estadounidenses, que “España cuenta con el sistema financiero más sólido del mundo”. Y no se detuvo aquí. Con toda la chulería de que fue capaz, siguió con su torpe discurso, afirmando que ya habíamos  superado a Italia en renta per cápita y, para que la estupidez fuera más completa, agregó que superaríamos igualmente “a Francia en 3 ó 4 años”. También dijo que España era “la envidia de Europa” y que estaría “a salvo de la crisis financiera”.

Pero como la realidad es tozuda, la situación económica se fue complicando hasta límites insospechados y como Zapatero era un simple pipiolo en economía, se le cayeron al suelo todos sus esquemas. Ha quedado meridianamente claro durante estos  casi ocho años de mandato, que lo suyo no son las previsiones políticas y mucho menos las previsiones económicas. Se cansó de negar la crisis y de ensalzar la fortaleza de la economía española de manera absurda con frases rimbombantes, llegando a negar los hechos que le desmentían y que dibujaban un panorama económico extremadamente preocupante. Y a la vez que repetía por activa y por pasiva que no había crisis, que “la crisis es una falacia, puro catastrofismo”, se comprometía a solucionar el problema del paro durante la segunda legislatura. “Lograremos el pleno empleo”, decía. Suya es también esta frase comprometedora: “Mientras yo sea presidente, las políticas sociales no se recortarán”.

Llegó abril de 2010 y, aunque había prometido alcanzar “el pleno empleo”, el paro continuó  subiendo imparablemente, alcanzando la preocupante cifra de cinco millones de desempleados. Así y todo, Zapatero no perdió su sonrisa ni su optimismo y de manera impenitente afirmaba que estos datos mejorarían de inmediato, ya que la tasa de desempleo ya había “tocado techo”. El golpe más duro, el que congela definitivamente su sonrisa,  lo recibe un mes más tarde cuando el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea le exigen acometer un plan de ajuste económico riguroso. El presidente del Gobierno trata de dar largas a estas exigencias, pero le telefonea Obama y le hace ver la necesidad de que adopte urgentemente las medidas de austeridad que se le piden.

Esto significó el derrumbe moral de Zapatero, ya que, para evitar nuestro hundimiento económico definitivo y mantener la estabilidad de la zona euro, se veía obligado a reducir el déficit al 3% con el mayor tijeretazo social de nuestra historia. Esto conlleva una nueva reducción del gasto de 15.000 millones de euros en 2010 y otro tanto en 2011. Por lo tanto, se ve obligado a desdecirse y a tomar unas medidas totalmente opuestas a su programa que, como teme acertadamente,  es muy posible que los ciudadanos no comprendan. Entre las medidas adoptadas, hay alguna muy comprometida, que puso en pie de guerra a los sindicatos y llevó el desasosiego a las mismas bases del partido socialista. Pues se reducían  las retribuciones del personal del sector público en un 5% de media en 2010 y quedarían congeladas en 2011, a la vez que se suspendía la revalorización de las pensiones de más de cinco millones de ciudadanos.

Estos desmedidos recortes sociales, impuestos por Zapatero, y su manera de afrontar la crisis, le han convertido en un lastre para su partido y le han hecho perder además la poca credibilidad que le quedaba. Y aunque no es plenamente consciente del daño que ha hecho a nuestra economía, sí se ha dado cuenta que, si se presentara de nuevo a la reelección, sufriría  un enorme fracaso,  lo que redundaría en un mayor deterioro de su imagen. Decide entonces renunciar a la candidatura y dedicarse de lleno a recomponer su maltrecha imagen en la medida de lo posible. Para mejorar su biografía dirá, eso sí, que no ha influido en nada el mal momento electoral por el que atraviesa el PSOE, que se trataba simplemente de una decisión que había tomado ya hace siete años. No lo había anunciado antes, según dice, porque estaba esperando el momento oportuno para que el PSOE asumiera con naturalidad el relevo.

En la crisis española, salvo José María Aznar, nadie ha tenido culpa alguna. Se trata de una crisis financiera muy profunda que afecta por igual a todos los países sin excepción. El Gobierno por supuesto, según confiesa, ha hecho un seguimiento correcto de la misma y ha adoptado las medidas requeridas en cada momento. El hecho de que haya unas elecciones a la vuelta de la esquina, de las que puede salir un Gobierno nuevo más serio y creíble que el actual, no tiene nada que ver con el trato que estamos recibiendo de la Unión Europea. No nos han intervenido, según esto, porque Zapatero ha hecho los deberes exigidos por las circunstancias.

En la rueda de prensa del pasado día 4 de noviembre, después de la reunión del G-20 en Cannes, Rodríguez Zapatero confiesa muy ufano que va a salir del Gobierno sin haberse visto obligado a pedir ayuda internacional. Se atribuye el mérito de haber evitado el rescate de nuestra economía, aunque las amenazas eran evidentes desde que estalló la crisis de la deuda soberana. Hemos conseguido, según dice, distanciarnos de Grecia y de Portugal y hasta de Italia que, aunque aún no ha sido rescatada, se ha visto obligada a someterse a la supervisión incómoda del Fondo Monetario Internacional. Según su apreciación, a España  ya no se la asocia con el resto de las economías periféricas de la zona euro, los hasta ahora famosos PIIGS. Y hasta dice que, como consecuencia de su política económica,  le ha felicitado efusivamente el presidente francés, Nicolás Sarkozy. Pero aquí cabe una pregunta: ¿qué hubiera sucedido si no hubiera sido por esas  elecciones generales programadas para el ya próximo 20 de Noviembre?

Gijón, 18 de noviembre de 2011

José Luis Valladares Fernández

Criterio Liberal. Diario de opinión Libre.
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